jueves, marzo 29

          Era la mejor lectora de Aureliano. Me llamaba la atención esa insistencia para manifestar lo único; tampoco era eso, a pesar de ser la mejor lectora de Aureliano seguía sin poder colarme. Le pasaba leídas a sus textos y eso era lo que me ocurría, no podía conocer a Aureliano por leerlo. Al tocarnos, nos sucedía lo mismo, nunca llegábamos a tocarnos, a mí me daba extrañeza quedarme acostada con él después del encuentro, pero qué palabra para algo que es todo menos un encuentro, nos sobrábamos tanto. Aureliano se molestaba, me criticaba por ser así de vulgar y no alcanzar la idea tan obvia del encuentro-desencuentro, me miraba con ojos de despreció y me decía -claro que estamos solos, qué esperabas-. Así todos los días. Para llegar a Aureliano tenía que salirme de mí.


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