sábado, mayo 12

A mí me pasaba al revés. Mientras que todos los chámacos de mi edad, incluyendo a mi hermano, se la pasaban rompiéndose piernas y brazos, partiéndose la cabeza, y en fin, haciéndose heridas al por mayor; me pregunto si en una de esas, se habrán dado cuenta que no sólo se les partía la cabeza o se les rompía el brazo o la pierna, sino más bien la existencia... En cambio yo, me pasé gran parte de la infancia sin saber de esos dolores, claro que me hice algunas heridas y me di algunos golpes, pero, nada considerablemente fuerte como para advertir mi frágil existencia. Supongo que, debido a todo lo mencionado antes, de alguna forma tuve que inventarme un método para sentir eso (y quién sabe si uno se inventa esas cosas). 
Comencé de muy niña, y con cosas muy tontas; me escondía cosas y luego ya no sabía dónde buscarlas, y menos dónde encontrarlas, me cambiaba la hora del reloj para llegar más temprano o más tarde... Así fui practicando durante algún tiempo, hasta que a veces en sueños también me hacía esas cosas, y me despertaba muy confundida creyendo que eran las seis de la mañana pero en realidad eran las seis de la tarde. El juego (¿el juego?) después fue aumentando de dificultad. Me daba por jugar a que de verdad me hacía heridas o que algo se me partía o que me rompía algo, creo que así fue como fui a dar al hospital por una autointoxicación medicamentosa, que derivó en una terrible gastritis que hasta la fecha sigo teniendo. No, el caso no era morir, el caso era sentir la aparente delgada línea de la quebradiza existencia mía. 

Yo creo que aún no lo logro del todo, lo sé porque nadie se la aplica mejor que yo a mí misma; es decir, todavía encuentro la posibilidad de sabotearme a gusto. ¿quién sabe cuánto tiempo me falta?

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