Supongo que ya no está bien hablar de estas cosas. ¿Para qué? A quién le va a importar que sean las tres con ocho de la madrugada del sábado. Quise creer que se me había olvidado. A lo largo de dos años fui siendo lo que se llama testigo, de esos que cuando alguien muere atropellado sólo puede ver a través del vidrio del transporte. Me siento mal. Bueno, mal no, los dos años de atestiguar me hicieron un vidrio muy duro. Más bien me siento rara, de esa rareza que siente el que se va sin saber si el atropellado murió o no. Las cosas se van terminando, me digo, me digo, me digo. Al atropellado seguro lo recoge una ambulancia que suena su sirena en las calles, si no se ha muerto en la calle, si no, llega a la cama del hospital, sobrevive, un día se levanta con un yeso en la pata o con una cicatriz en la panza o cualquier cosa; se levanta y vuelve a su trabajo, ama a sus hijos, conversa con sus amigos lo horrible que se sintió, le pasan los días. ¿O, no? El choque apenas ha quedado atrás, lo recuerda vagamente. Si se muere, qué más, habrá berridos en el funeral, odio hacia el pobre infortunado que le mermó la vida. Fin. Entonces me pregunto otra vez ¿para qué? ¿Podré seguir levantando los ojos para sorprenderme de los atropellados, podré otra vez sentir vértigo con tus palabras en el buzón olvidado? Podré. Claro que podré, claro que podría, un muerto no se ve todos los días. Me da risa mi triste insistencia en sentir que soy yo la que puedo, que depende de mí la sorpresa, que puedo. O sea pues, estas cosas no son cosas de todos los días. Pero parece que el tuesday 14 feb 2012 a las 13:29 con sus 59 segundos fue el último día que ese buzón recibió la última cercanía con el hombre tendido sobre la calle... A saber si fue el silencio o no, el silencio del cansancio de una mujer sola a las diez de la noche en el andén del metro, el silencio del hombre que llora en una esquina. ¿Quién sabe? Sigo sin decir nada, ¿para qué?
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